miércoles, 3 de febrero de 2010

LOS TRECE MOSQUITEROS

Éramos trece: TRECE, número de suerte, reunidos en un bar alrededor de una mesa ensamblada. Cada miembro traía una propuesta disimulada bajo el brazo. Dos de los integrantes eran maestras, por lógica apuntarían hacia la enseñanza en los colegios, haciendo hincapié en la escasez de alumnos y los pésimos salarios de las maestras de idioma armenio. Alguien hizo mención que existían numerosas familias armenias y siríacas radicadas en la Ciudad de la Plata. Ese comentario inspiró a una pareja y le despertó el vicio monetario de tal forma que comenzó a planear y tomar nota en un cuaderno a fin de recopilar datos y comercializarlos en un libro. Otro reclamaba la necesidad de idear una nueva institución: Una Institución Madre, carente de tendencias políticas que nucleara a todos los miembros de nuestra colectividad; pero… lamentaba que su proyecto implicaría un gastadero de dinero que ni él ni nadie estaría dispuesto a afrontar.
Los socialistas, con evidentes añoranzas de la época soviética, veían en Armenia “Libre e Independiente” el principio y el fin de todos los dilemas de la armenidad, la resolución de todos sus problemas, amén de su abierto reconocimiento como a su indiscutible Madre Patria.
Un dinámico estudiante de arquitectura, se presentó como bailarín de una conocida agrupación folclórica armenia, mientras que otros tres coincidían en que era imprescindible un cambio radical de mentalidad.
El único que desentonó fui yo, cuando me expresé diciendo: “El día que la diáspora tenga noción de su extranjerismo, se habrá mentalizado en la imperiosa necesidad de proyectar un éxodo masivo hacia los terruños de sus ancestros”. Que yo sepa, nadie prestó atención a mi reflexión. Para la mayoría de ellos la idea era descabellada, fuera de todo contexto. La frase implicaba pensar seriamente y, por lo visto, la reunión no daba como para encuadrar pensamientos de futuristas. Se sentían cómodos con sus adquisiciones en las patrias adoptivas; se conformaban con su vida de orfanato. Tan sólo pensaban en el presente, ninguno, según pude intuir, se reflejaba en sus raíces.
Alguien de pronto hizo rebalsar la copa revelando su verdad, diciendo: “¡Somos Argentinos, pero también armenios!”. Aquello de argentino, lo entendí de inmediato. De lo otro, me quedaron dudas… ¿Acaso La Diáspora se autoconsagró Patria en el exilio, dándole alevosamente la espalda a la memoria de quienes fueron nuestro padres y abuelos?
En esa asamblea de Trece, no se refirió sobre los tan famosos y peleados “Protocolos”. De pasada, se hizo mención del “genocidio: pan nuestro de cada día”, aunque no sin algo de fastidio. No se recordó ningún tratado, ni siquiera se hizo mención de los territorios usurpados. La idea de regresar a casa no estaba en los cálculos de nadie. Los terruños Occidentales de nuestros parientes fueron simplemente olvidados. El objetivo de la mayoría era resignarse y en lo posible, ir remando. Sucede que ninguno de los presentes admitía abiertamente su extranjerismo. Eran argentinos, los de la diáspora serían en este caso los extranjeros… Porque al decirse armenio, quedaría en claro que se reconocerían por extranjeros y estar en ambas márgenes de una balanza es complicado, nunca se lograría una definición que determine sentimientos absolutos y genuinos que no estén contaminados de una u de otra razón de ser.
Podría decir, aun absolutamente convencido: “Soy lo que quiero ser” No obstante, no impediría que mañana cambie de parecer y me sienta otra persona, con otros sentimientos completamente diferentes. Sentirse armenio y habiendo adoptado, sea por nacimiento u otro motivo, que no vendría al caso, otra ocasional nacionalidad, no es más que un accidente del destino. No fuimos quienes pedimos pertenecer a tal o cual nacionalidad, a tal o cual origen. Yo mismo, en una oportunidad, dije: “Nacer en cualquier rincón del mundo es un accidente y yo me accidenté en París un Catorce de Sagitario” Son accidentes, que a veces nos dejan huellas profundas en nuestro proceder inconsciente; cicatrices lapidarias que nos enamoran hasta no saber vivir sin ellas.
De todos modos en Los Trece Mosquiteros, miembros de la mesa alargada existía la férrea intención de adoptar un cambio para que de allí en más la armenidad vaya despejando la nebulosa que le quitó la visión del Arco Iris durante noventa y cinco años.
Por lo pronto la reunión sirvió para remover una piedra, acaso la más pesada. Una vez que todos entremos en razón, quedaría acomodar los siguientes eslabones. Recién entonces lograremos confeccionar la fortaleza soñado por todos.
31/Diciembre/2009

POESIA

Heredé de mis ancestros mi perfil
y un campo sembrado de púas…
Cuando se devastó mi terruño
y el invasor hundió su puño
en el pecho de mi nación
me alejé por el mundo
ataviado con nombres impropios
adecuándome a idiomas impuestos…
Sobreviviendo a esa gloria fantoche
me convertí en ciudadano
en la casa de un hermano…
La Biblia que me vio nacer
de paraíso y barro
tornó en piedra mi mirada
y mi lengua en seda…
En esa vigilia de vagabundo
sin cielo propio
se atrancó mi reloj de arena
arrojando sus cenizas al viento…
No sé mentir como debiera
y mi verdad a la verdad nada le agrega…
Por los caminos del destierro
lapidada en mi frente la historia de mi pueblo…
llevo un corazón amordazado…
Cuento a los cuatro vientos los motivos de mi llanto
y el mundo se me ríe en la cara
me abre sus brazos recién al darle la espalda…
Intento cosechar simpatía a cambio de muecas heredadas…
Harto de verme distinto
de seguir tolerando
de forzar en mi semblante la imagen de santo…
Se me van los años sin siquiera rebelarme…
Mis raíces son riendas que controlan mi vehemencia
mi pasión y mi pulso…
si no fuera por eso… ¡Dios mío… si no fuera por eso!
La belleza de la vida pasa desapercibida
obligándome a comportarme como un ciego
a entonar mi himno
calladamente
como si fuera mudo..
Alzo mi mástil por el horizonte
sin trapo…
entro y salgo fronteras rodeando mi terruño
y los huesos de mis hermanos de tildan de indiferente
me acusan de vagabundo.

Rupén Berberian
www.arteraymond.com.ar

TREINTA MONEDAS DE INFAMIA

Por treinta monedas de plata cualquier mortal traicionaría a su semejante y lo vendería en los mercados de pulgas a los negreros.
Me preguntarían: ¿Pero, por qué razón?

Contestaría: Porque nuestra mente no está condicionada a que otro ser humano valga lo mismo que uno y porque es más fácil prestarle atención a la materia que obedecer nuestra voz interior.
Tengamos en cuenta que el dinero no compra la sinceridad, que la auténtica felicidad radica en la conformidad y que el verdadero bienestar es tan sólo sugestión y la lujuria, un disfraz de nuestra ambición desmedida basada sobre un complejo de inferioridad.
Si me preguntaran: ¿cuál sería el deber del ser humano para con otro ser humano?
Respondería: “Reflejarse en el otro para amarse en él” Porque cualquiera de nosotros, llevando a cuestas su porción de ángel, forma una imperecedera parte del otro yo y ese otro yo, a su vez, una porción insondable del Universo. Amar al prójimo es una entrega total e incondicional y el un camino que conduce a una comunicación con la propia esencia humana. A eso le agregaría: no hay hombres buenos ni malos, los hay errados, incultos, inconcientes, acomplejados y psicológicamente perturbados. Los demás: los buenos y medianamente buenos, son los que apenas han podido visualizar en los demás su propia imagen sin caer en la tentación de alimentar su ego.
Matar a alguien, sea quien fuere, es amputar en él a la Creación misma, es agredir a la Naturaleza en uno mismo.
Hace miles de años que la familia humana no logra desprenderse de su propia Torre de Babel, empero, en la medida que logre cultivar su conciencia, desarrollar su intuición y que el hombre comience a crecer de afuera para adentro, llegará el momento en que la Hermandad Universal quedará definitivamente consagrada; la misma rescatará su sociabilidad rezagada de la Nada.
El heroísmo y la gloria en la mente de los mediocres son conceptos arraigados que no cuajan con ninguna doctrina de las lógicas espirituales; no implican brindar afecto, solidaridad o una simple caricia al que la necesite, sino de canjear posiciones, invadir intimidades, saquear pertenencias, esclavizar y de paso, desestabilizar contaminando atmósferas.
Creo que Jesús habría llegado a allanar el camino al entendimiento entre hermanos si no lo hubiesen crucificado. Estuvo a punto de revelarnos los secretos de la Vida Eterna, amén de hacernos observar que las treinta monedas de plata no serían meritorias como recompensa si se utilizaran a cambio de una extorsión, se tratase de perjudicar e incluso de prejuzgar al que se atrincheró en la vereda de enfrente. Recordemos que regocijarse en la propia vanidad es un sacrilegio hacia nuestro don de gente.
Aquél Pastor de Almas erradas, que en su sermón mencionara: “Amar a sus enemigos” quiso revelar que si uno lograse perdonar a sus opresores, esos mismos dejarían de figurar como tales. Esa teoría, llevada a la práctica, es la que algún día habrá de despertar a la humanidad de su prolongado letargo de siglos y de guiarla fuera de la nebulosa de su inconciencia.
Todas las religiones estuvieron destinadas a comunicarle al mundo esa proeza y al no hallarle eco a sus predicas entre sus súbditos, se conformaron aceptando como pago de honorarios las treinta monedas de infamia y a disimular honestidad...
6/Diciembre/2009
Rupén Berberian
www.arteraymond.com.ar

martes, 19 de enero de 2010

SOMOS TODOS CULPABLES DE NO SABERNOS CULPABLES

Liberarse de los asesinos menores de edad, daría poco que pensar. En un principio sería separarlos de la sociedad, pese a que el hecho afecte el buen honor de los credos y que las asociaciones puritanas eleven su voz al cielo. Encausarlos en la buena senda sería dificultoso, casi imposible, además de costoso una pérdida de tiempo. Separarlos, sería marginarlos en reservaciones como ocurre con los indios a manos de nuestros Honorables Gobernantes de turno. Ellos no manipulan armas de juguetes, no juegan al policía y al ladrón, las usan para conseguir prestigio y dinero fácil, ya que nadie les proporcionaría un trabajo estable, cosa de contenerlos y porque no están preparados culturalmente, mucho menos anímicamente a convivir en sociedad. Cuando matan a una mujer para robarle la cartera, el auto o el celular, con ello atentan inconscientemente a su propia madre. “Total; en las películas televisivas nos educan a matar, caso contrario la vida no tendría atractivo –pensarían”. Ellos actúan por diversión, para generarse autoestima, para experimentar sensaciones adversas a las buenas costumbres y por supuesto, para lucirse y adquirir fama entre sus amistades. Además, como nada les obliga cumplir con tareas comunitarias, no saben qué hacer de su vida.
Aunque no se me crea, proceden plenamente conscientes de sus actos; saben lo que hacen y por qué lo hacen. Desafiar las leyes de la convivencia les fascina, les hace sentir superhombres.
Ahora, una de las posibilidades de evitar ese flagelo sería armar la ciudadanía a fin de que tenga con qué defenderse ya que la policía y los jueces resultan inoperantes. Paralelamente, que el público controle el proceder de los supuestos defensores del orden. O sea: Ser policía de los mismos policías. Todos aquellos que infligen las reglas, denunciarlos abiertamente, detenerlos, atarlos sobre una plataforma en una plaza pública con un cartel que cuelgue de su cuello señalándolos como traidores a la sociedad habiendo cometido tal o cual falta y que todo el mundo recuerde su cara al descubierto, previo encerrarlos a pan y agua por tiempo indeterminado.
Que yo sepa, el deber de los defensores de los derechos humanos es amparar la ciudadanía de cualquier tipo de agresión; no se les paga para proteger a los reos y a los niños asesinos. Porque un menor que jala el gatillo y mata, es un asesino. Se me hace que asimismo deberían condenar a sus padres por no haber sabido educarlo y por supuesto, a quienes les proporcionara el arma.
Si las drogas, según dicen, son las causantes de los desequilibrios de la moralidad, cosa que dudo, habría que ir a las fuentes y desenmascararlas, porque los narcotraficantes al igual que los tratantes de blancas se empeñan en vender su mercancía. Son comerciantes, con la única diferencia que van de la mano con los pesos pesados y en contramano a la sociedad.
A fin de justificar su sueldo, ciertos uniformados desmantelan una de tantas partidas de estupefacientes que por norma, interesadamente dejan escapar. Denuncian haber secuestrado ochocientos cincuenta kilos de extrema pureza por un valor estimativo en euros… según la cotización en las bolsas europeas de los mercados de pulgas. Y de inmediato la prensa se hace eco y caratula la hazaña como un acto de valor y de extremo heroísmo profesional. Nadie menciona los ciento cincuenta kilos faltantes que engrosaron a ocultas las arcas de los guarda espaldas de los pesos pesados. Y la vida sigue su curso como si nada… todo en cadena oficial hasta el próximo aviso.
El culpable para la mayoría más uno, resulta ser el chivo expiatorio, el adolescente criminal que gatillo el arma y se fugó. Mientras que los verdaderos asesinos con corbata, los pesos pesados, se lavan las manos como Pilatos ocultos detrás de los muros de sus suntuosas mansiones, protegidos por toda clase de perros.
La falta de dignidad y la ambición desmedida son las que en realidad engendran la inconsciencia, la mafia organizada y la insensibilidad cuyas metas es el “Bolsillismo Capitalista”.
En todo eso, la sociedad es la única que resulta perjudicada, siendo también la única responsable de culpa y cargo de que pululen los criminales y los ladrones a sus anchas en su ceno. Sobre la marcha, la desconfianza realiza su trabajo de hormiga formando enemigos donde jamás los hubo.
Para resolver ese rompecabezas habría que comenzar medicando la moral de la población, hacerle entender que la sociedad no es una jungla de depravados y forajidos, sino de un inquilinato de aspirantes a convivir en paz, cordura y armonía. Que el deber principal del ser humano es no dañar a nadie y tratar de buscar en el semejante el reflejo de la propia imagen: el eslabón perdido.
La base de cualquier evolución social es procurarle al pueblo un trabajo digno, ampararlo solidariamente y ofrecerle una buena educación. La sensibilidad y la hermandad vendría a colación, pero esa es tarea de los mandamases elegidos por el pueblo: “¡Que Dios y la Patria os juzgue y os demande…!”. Señores…, que por arte de magia engordan su ganado, amasando fortunas a costillas del pueblo, a espaldas de él.
Salgamos de una base: si yo perteneciera a los demás (simbólicamente hablando), los demás me pertenecerían, entonces yo cuidaría de ellos, porque a su vez ellos cuidarían de mí. El día que esa fórmula sea factible, el dinero dejaría de ser la razón de la celebridad. Ese día no habrá más mendigos, asesinos ni ladrones, no habrá niños que mueran de hambre ni dirigentes corruptos.
Si la humanidad pensara en plural, marginando su auto individualismo, tú y yo volveríamos a ser hermanos.


14/Diciembre/2009
Rupén

NUESTRA QUERIDA DIÁSPORA

¿Usted, pensó alguna vez qué destino nos depararía en un futuro cercano la tan querida diáspora armenia? ¿Dónde irán a parar los colegios, en cuántas monedas de plata se rematarían las instituciones?
Nuestra comunidad adormece cómodamente sobre los laureles obtenidos; merecidamente, claro. Creen que con haber aportado su ración de esfuerzo han cumplido con su deber patriotico y, por haber asistido regularmente a los “madagh” se han agraciado con las almas de nuestros difuntos. Que con enviar sus hijos a los colegios de enseñanza armenia es mantener en pie la armenidad en el extranjerismo por los siglos de los siglos, amén. Digo yo… ¿de qué armenidad se habla; de la que está dentro de nuestra pasional fantasía; la de nuestra descarnada ficción?
Trate de meditar mis palabras en su buen sentido: Nuestra verdad como pueblo o comunidad se sostiene sobre tierra movediza; no estamos haciendo más que prolongar nuestra amena agonía, nuestra segura desaparición definitiva. Pudimos haber soñado en un momento dado con que Armenia sería nuestra salvación, pero…cuando los papeles arden, Armenia: nuestra Amada Tierra Ancestral, Madre Patria para algunos; libre e Independiente para otros, olvida que existimos. La misma ha descartado nuestro idioma occidental de su Constitución. Lo menos que hubiésemos pretendido de ella, que acordara con las demás naciones del mundo que le permitan otorgarles a los desterrados armenios, sobrevivientes del genocidio y a sus descendientes un documento identificatorio como armenios, paralelamente a las adquiridas en los países hermanos.
Alguien y de eso hace mucho me había encarado, diciendo: ¿“Con qué derecho te atreves hablar en boca de los armenios?” Hoy, usando la misma frase en un sentido figurado, diría: “¿Con qué derecho, Usted y yo nos consideramos armenios?”.
Se me hace que llegó el momento de ir planeando nuestro regreso a casa, aunque tuviésemos que avivar día tras día la chispa de nuestra armenidad otros cien años en el abrazo fraterno de otros pueblos.
Deberíamos reclamar nuestros derechos de ciudadanos del ex Imperio Otomano, donde miles y miles de nuestros hermanos aguardan reencontrar en nosotros: su eslabón perdido.
Tarde o temprano tendremos que afrontarnos con la verdad implacable. “El día que nuestra diáspora se dé cuenta de su extranjerismo, recién pensará idear un éxodo masivo a los terruños de nuestro ancestros” De ¿cómo lograrlo? Ya no dependería de mí, sino de una voluntad unificada que debería mentalizarse por las generaciones venideras, puesto que toda aparente negatividad contiene una brecha abierta por descubrir. Para extraer oro hay que penetrar la montaña. Salgamos de una base: ninguna conquista es fácil. Nuestra armenidad en el extranjerismo está en peligro y hay que salvarla a cualquier costo; con sagacidad, inteligencia y dinero.
A aquel anciano que plantaba datileras en el desierto le preguntaron por qué lo hacía y él contestó que se había nutrido de los esfuerzos de aquellos que lo antecedieron y que él no hacía más que sembrar futuro. Las ideas son semillas que germinan cuando les llegue la hora, ni un minuto antes ni después.


7/Enero/2010
Rupén

LA DONCELLA ENAMORADA

Con que Obama no esté enterado de la historia del siglo XX, no alteraría la suerte de nuestra armenidad, no modificaría nada, porque la diáspora no está en los cálculos de nadie, mucho menos habiendo evidencias alevosas de un romance de intereses, entre la Primera Potencia Mundial y su pretenciosa Doncella Enamorada.
Personalmente no me preocuparían las conductas de los Amos del Mundo, lo que me inquieta es el futuro de mis hermanos de la diáspora, quienes, pese a tantos años de exilio, les resulta impensado idear un regreso a casa. No nos vamos a engañar; Armenia, esa pequeña parcela de nuestra Madre Tierra, hoy supuestamente Libre e Independiente es tan sólo una Meca para los peregrinos del dólar. Madre Patria, como algunos apasionados la denominan, le cuelga como una camisa holgada. Ella misma ideó su propia jaqueca que no sabe cómo curar, como para que pretendamos de ella adoptar a todos los de raíces armenias, diseminados por el mundo. Una Meca, donde se recrea artificialmente el sentimiento armenio de quienes la visitan, siempre y cuando no opten vivir en ella, no le levanten la alfombra y no descubran sus trapos sucios. Armenia bien o mal tiene echada su suerte, no así la nuestra. Y es allí donde deberíamos hacer hincapié en un posible éxodo masivo en procura de nuestra identidad occidental.
Aunque no se crea, mucha sangre de nuestros ancestros corre por las venas de los turcos y kurdos. La llama de nuestra armenidad no fue extinguida, quedaron cenizas expancidas hasta nunca sobre los terruños de nuestros abuelos. Miles de hermanos aguardan a que hagamos la primera apuesta en el tablero de nuestro destino común, para estrecharse con nosotros en el abrazo del reencuentro.
No sé por qué intuyo que ha llegado el momento de persuadirnos de que lo imposible no existe; al estar unidos, el mismo camino vendría en nuestra búsqueda.
Nosotros somos universalistas, pero el problema irresuelto que nos aqueja hace más de cien años, nos obliga a actuar disfrazados de diferentes carátulas de conservadores.
Un millón y medio de nuestros hermanos fueron masacrados y sin embargo, podría asegurar que en mí, como en muchos de mis hermanos no hay odio hacia nuestros verdugos, y quien afirma lo contrario miente a sí mismo y engaña a los demás. Quienes maniobran en la cuerda floja son aquellos que siguen amarrados a los años veinte y a las supuestas glorias de los tiempos idos.


27/Diciembre/2009
Rupén

SOCIEDAD CAPITALISTA

En uno de mis primeros libros y de eso hace mucho, escribía: “Yo soy ante todos y todos… ante mí” sin saber a ciencia exacta la profundidad del contenido de esas palabras. Hoy no me extrañaría que en ellas estuviesen reflejados, implícitamente la vida y el deber de cada individuo. Lamentablemente, la Sociedad Capitalista posee un solo slogan que forma parte de su doctrina, remarca el egoísmo individual que logra tornarse vicio y, aquello de “Todos ante mí” queda rezagado hasta nuevo aviso. Las guerras, lo sabemos todos, son causante de retrocesos moral e intelectual de cualquier población. Aquello que se perdió, sea durante la adolescencia como durante las guerras, raras veces se recupera. Si yo hubiese tenido un futuro asegurado junto a mis seres queridos, es muy posible que mi vida hubiera tenido otros matices, me hubiera sobrado energía para dedicársela a mis hermanos, habría sido similar a lo que acontece entre las comunidades primitivas “Dónde come uno, comen todos”. Pero la humanidad ha superado con su evolución esas etapas de solidaridad innata. Hoy, para nosotros los progresistas bajo el régimen Capitalista, la limosna tiene precio, la dádiva es un impuesto, la sonrisa es un condicionamiento. Pienso que esa suerte de nuestra actual convivencia, fue ocultamente deseada por los pueblos sometidos. Ellos llegaron a creer que la conformidad no les allanaría el camino a la felicidad. Hoy insólitamente se goza del error de haber incurrido en el error. Todo tiene su motivo de ser, uno debe quemarse para conocer el efecto de una quemadura. Los bichos de luz se lanzan contra los faroles encendidos y recién reconocen su error de apreciación cuando ya es demasiado tarde. La conducta de la humanidad casi siempre equivocó el camino a su sociabilidad; encaro competencias en procura de alimentar su vanidad.
El Capitalismo debería tomarse como una ocasional enseñanza nefasta para no volver a sufrir sus consecuencias en los siglos venideros. Si yo viviera a cargo de los demás y los demás estuviesen a cargo mío, nadie moriría de hambre, la pobreza desaparecería de la faz de la tierra. Tampoco existirían tantas creencias, ni religiosos que cacarean a mandíbula batiente contra el hambre y la pobreza.
En este mundo nuevo, si es que regreso alguna vez, estarán “Todos ante mí” porque mi convivencia afectiva, al igual que la de todos, estarán resueltas. Jesús intentó señalar la posibilidad de un mundo de amor, un mundo en que cada uno formaría parte de su otro yo en el semejante.
Pretender disfrutar más de la cuenta, consumir y acaparar más de la cuenta, es lo que provoca el miedo al mañana. Ahorramos más de la cuenta inducidos por temer a los temores y, sin percatarse incursionamos a ciegas en esa vorágine de querer más y más.
Hallar el equilibrio de las pasiones y conformarse con lo necesario es la filosofía fundamental para una vida natural placentera y sana. No olvidemos que cuidando la vida ajena estamos protegiendo en ella la nuestra.

27/Diciembre/2009
Rupén

CARNE DE CAÑÓN

Cuando el temerario y valiente ejército de Israel atacó la indefensa Franja de Gaza en Palestina, habían asegurado a sus soldados que Jehová, (Dios de los ejércitos victoriosos de Israel), los ampararía y los protegería de todo mal, del mismo modo que lo ha hecho desde que David mató a Goliat y más allá, desde el inicio de la humanidad bíblica del Antiguo Testamento; iban convencidos que matar palestinos era una ofrenda de fidelidad a su Dios y una bendición económica para su patria que abarcaría desde el Nilo al Eufrates. En otras palabras: estaban mentalizados que con sólo trece de sus soldados muertos serían suficientes mártires, sacrificados por la paz de sus hermanos de Israel, trece… que equivaldrían (en valores humanos, cotizados según mentalidad sionista en la bolsa de Tel Aviv) por lo menos, en mil quinientos de los otros, puesto que los otros, no serían más que vulgares fundamentalistas islámicos, además de terroristas retrógradas e incultos que usurpan desde los inicios de los tiempos La Tierra Prometida al pueblo de Israel y acordada generosamente por los hermanos menores del Primer Mundo.
La valiente postura del Estado Judío era limpiar a fondo por aire, tierra y por mar el terreno ocupado, contando desde luego, con el apoyo moral y material bélico incondicional de sus guarda espaldas yanky’s y la simpatía anglosajona de su Majestad. ¡Qué casualidad…! Lo mismo sucedió con los armenios al ser usurpadas sus tierras por los turcos. Salvo que “Ala” de los otomanos, parecía no congeniar con las doctrinas filosóficas del Sagrado Corán de los árabes musulmanes. Cabe imaginar que “Ala” de los turcos sería quien dirigía las masacres, quien comandaba el ejército infrahumano. Era el “Alá” de fabricación casera, quien, luego de planear el exterminio de los armenios, ellos, sus fieles seguidores, no hacían más que obedecer y cumplir ordenes: violando y matando a cuantas mujeres y niños que se les cruzaran. Los hombres, desde luego, no figuraban en la cuenta, ya que habían sido llamados bajo armas y sistemáticamente liquidados. De esa forma, esos energúmenos, creyeron lavarse las manos y la conciencia ante la mirada mundial... Lo cual se nota claramente ya que la población turca no reconoce haber cometido tantos y tantas atrocidades. Prefieren ignorar que hayan asesinado a más de un millón y medio de seres humanos y haber tergiversado las leyes del Sagrado Corán por cuenta suya. Mandamientos como: Respetar a las mujeres y niños. No atentar contra establecimientos religiosos.
Un asesino que tiene suficiente noción de sus actos, generalmente presiente el modo en que está inducido a cometer crímenes, obedeciendo a un dictamen más poderoso que su propia voluntad. Ahora que lo pienso… ¿Tendrán que ver los Dioses en el odio de los hombres?
Si el hombre no recibe un incentivo psicológico de volverse bestia, de soltar su instinto salvaje; jamás incurriría en el error. Contaminar la mente de los jóvenes con que es un honor matar o morir por Jehová, por “Ala” o por el Dios de los cristianos y aún más: por la bandera, es por sí, perpetrar en la juventud un crimen moral, amén de efectuar disimuladamente un comercio ilícito con vidas humanas.
Los soldados de Israel realizaron muchos errores durante su campaña atentando contra la misma humanidad a la que ellos pertenecen, pero los auténticos criminales fueron y son aquellos que les metieron en el cerebro que Jehová los respaldaría, los ampararía, los llenaría de gloria y el cielo los aguardaría, llegado el momento, con los brazos abiertos.
Los soldados turcos no tenían opción ni escapatoria, o mataban a los armenios o eran considerados traidores. Tuvieron que rifar su escasa conciencia y revelarse sin tapujos ni máscaras. Fueron la mano que jaló el gatillo, el instrumento que previamente fue afinado y la ignorancia generacional les facilitó la faena. Ellos también actuaban confiados en que el cielo los iba a gratificar recibiéndolos, llegado el momento, en el Paraíso Celestial.
¿Por qué Israel niega haber cometido las barbaridades que saltan a la vista? ¿Por qué los turcos no reconocen el genocidio que les heredó sus abuelos? La explicación está en que no se sienten culpables, sino ocasionales héroes de las circunstancias. Sus abuelos fueron engañados y erraron, sea por contagio, fanatismo y por una probable multitudinaria alteración mental, agravada por su falta de madurez.
Los pueblos sabios no acometen contra nadie. Los salvajes de todos los tiempos son quienes invaden, someten, aniquilan poblaciones y se establecen en sus casas. No importa su aspecto, su modernismo, cómo visten, viven o cuánto dinero amasan. Un pueblo agresivo es un pueblo que mantiene vigente su salvajismo ancestral. La sensatez, el razonamiento y la lógica se oponen ante cualquier tipo de belicosidad. Matar a alguien no es sinónimo de valentía, ni de arrojo, no es un honor, puesto que degrada al hombre ante su esencia divina.
Si la juventud entendiera que las guerras no son más que negociados, disimuladas farsas internacionales y engaños a costillas de sus vidas, se les abriría la mente. Después de todo: Juventud, no es otro que un fraude de épocas.
Con todo lo que acabo de narrar, daría la impresión que defendiera al asesino, hiciera apología del crimen y lo liberara de culpa y cargo, y no es así: lo estoy culpando de idiota por dejarse influenciar maliciosamente con consignas publicitarias. Además, lo califico de irracional, de inmaduro, de inconsciente, de indigno, de impersonal y de estúpido por atribuirse derechos de quitarle la vida a alguien. Fuese soldado turco, israelí o norteamericano. Quizás no lo sepan entender, no son más que “carne de cañón”, unos tiernos cerdos destinados al matadero, esclavos sometidos a un trapo de colores y unos ilusionados con visualizar a un Noe, deslizándose por las laderas del Ararat, rodeado de animales de su propio zoológico.


17/Julio/2009
Rupén

PERAS AL OLMO

Un dicho criollo, reza: “No se le pide peras al olmo” Ese dicho podría contemplar el error de los armenios de la diáspora que desde añares apuntan con sus esperanzas hacia los Estados Unidos de Norteamérica.
Me gustaría refrescarles la memoria a mis queridos hermanos, remontar la historia junto a ellos y preguntarles quienes fueron amigos de los armenios a lo largo de sus cinco mil años de existencia. ¿Los persas, que no hicieron más que explotarlos? ¿Los mongoles, que no hicieron más que someter a su población y recrear en las laderas del Ararat sus caballos? ¿Los Bizantinos que de alguna manera se creían dueños de los armenios? ¿Los otomanos… y tantos otros de tan buena cuna…? Que yo sepa, pese a ciertos deslices cometidos, Rusia comunista fue la única nación que se jugó por Armenia. Son obvios los intereses que podía haber tenido. No obstante lo rescatable y perdurable son los resultados obtenidos. Lo que quedó en favor de Armenia durante seis décadas fue mayor a varios siglos de reinados y monotonías. Los países europeos fueron los primeros en traicionar a los armenios que todavía creían en Papá Noel. Hoy el Papá Noel del siglo XX1, El Mandamás, flamante Presidente de Norteamérica que había sembrado esperanzas de reconocer abiertamente lo ocurrido contra los armenios en manos de Turquía, a último momento desistió de pronunciarse, traicionando así a miles y miles de armenios norteamericanos. Los intereses son intereses, mientras haya un interés, el honor del mandatario no entra en juego. Turquía mandó refuerzos a Afganistán y eso a los Yankys les pintó el panorama de dulces orientales. Turquía posee bases militares norteamericanas en su suelo para ser usadas en una eventual guerra contra Rusia y esa generosidad y don de gente de los turcos es invalorable para los Marines del Far West y de Kansas City.
Seamos menos ingenuos; ¿Cómo quieren que Obama o lo que fuere, hable a favor de los armenios en presencia de un turco? Máxime, se dirigiría al pueblo desde las escalinatas de la Casa Blanca y sermonearía: “¡Chicos, pórtense bien!, armenios y turcos deben resolver sus conflictos en casa sin la intervención de los Reyes Magos, o de involucrar con imbecilidades caprichosas a la mayor potencia mundial”. Algo similar que fuera difundido por el Papa desde los ventanales del Vaticano…refiriéndose al genocidio de la población de Gaza.
A menos que surja un milagro inesperado y alguien le enrosque la tuerca en el cerebro del Mandamás de turno, nadie se jugaría por Armenia y mucho menos por los armenios de la diáspora. Se aguardaría otros noventa y cinco años más, cacareando a los sordos aquello del genocidio y se reuniría para rememorar el pasado almorzando un “madag” por las almas de los desaparecidos. Otros noventa y cinco años pidiéndole peras al olmo… sin planes, ni objetivos, peleándose entre hermanos porque se tiene razón, matándose entre sí porque los demás dicen tener razón y no la tienen.
Si hasta ahora se han enfrentado los acontecimientos sin tener éxito, debería probarse avanzar operando por los flancos. No podemos, ni debemos dejarnos arrastrar por la desesperación manteniéndonos hasta nunca un pie en la cuerda floja y el otro en el vacío. Cerremos ese capitulo e iniciemos otro completamente distinto hasta que se nos de, pero no bajar la guardia. Debemos correrle al tiempo antes que este nos pase por encima y nos termine de aplastar. Hoy, ahora o nunca… Tenemos que agrupar nuestros pensadores y ponernos a meditar; ir reconociendo nuestros errores pasados y presentes. Nos convendría una “Mea culpa” para que el cielo nos ilumine. Nuestro objetivo sería alcanzado, únicamente si todos juntos fuésemos hacia él. Llámese “Revolución” o como más prefiere. Estamos entre la vida y la desaparición; perdurar como armenios o morir en el anonimato sin haber cumplido con ningún sueño. Nuestra embarcación naufraga porque toda su tripulación posee rango de capitán y cree ser dueño de la razón y de la verdad. Porque cada uno tira para un costado, extravían el rumbo. Muchos son los que quedaron apegados a los años veinte. Son los mismos que permanecieron prendidos de las hazañas de Dicran, de los Tres Mares, de las Doble Coronas, de lo Cuentos de Hadas, de Aní con sus mil iglesias y sus cien mil habitantes y que los armenios fueron los Primeros Cristianos de la Tierra… etc y etc… Despertemos de una vez: somos hijos y nietos de los sobrevivientes de una masacre ocurrida contra la armenidad en Turquía. La amistad entre los pueblos no se da por amor al arte. Si no tenemos nada que ofrecer sería inútil seguir luchando construyendo sueños y castillos en el aire. Sepamos en qué bolsa el mundo nos cotiza y por cuánto… A partir de ahí ir armando el futuro de las generaciones venideras.


Rupén Berberian

VOCACIÓN

Las epopeyas legendarias armenias del pasado, si es que realmente existieron, quedaron atrás. Hoy la situación de nuestra armenidad es muy otra. De fracasos en fracasos se llegó hasta el límite de convertirse en sobrevivientes de una de las mayores masacres de etnias del siglo XX.
Me he preguntado más de una vez si es acaso un orgullo autocalificarse de armenio, habiendo adoptado otras nacionalidades, de creerse armenio sin un solo papel que lo identifique a uno. ¿Es acaso una nacionalidad fantasma la mía? Me resulta un rompecabezas que no cierra… Para el país en que nací soy francés. En mi interior también, no obstante, de pronto rebalsa lo armenio en mí reclamando no sé qué cosa. Me embargan sentimientos como que perteneciera a ambos sectores del mundo al mismo tiempo y me confundo. Salgo de mi encierro en busca de respaldos que mantengan mi espalda erguida, que pudiesen otorgarme alguna sensación de seguridad.
Una vez y de eso hace mucho, me ocurrió pensar que uno, siendo dueño absoluto de su propia voluntad, es lo que en realidad desea ser. Y yo en ese momento tan crucial de mis grandes dilemas no sé sostener la cruz que me legaron mis padres y abuelos sobre mis hombros. Desde que tengo memoria trato desesperadamente de explicarme por qué mi padre sermoneándome, me había dicho que Armenia no existía más, que debía desarrollarme como francés, mientras que el pobre hombre mantenía en reserva su armenidad en algún rincón de sus sentimientos más rezagados que si fuera la joya más preciada del mundo. Se sentía fracasado por no haber podido aportar su grano de arena en defensa de sus raíces. Parecía herirle la simple mención de la palabra “armenio”. Yo lo percibía calladamente, pese a mi poca noción de esa vibración tan extraña, de esa efervescencia que todavía no se había revelado en mí. Me limitaba a contemplarlo en silencio. Prefería no indagar cuando se le nublaban los recuerdos cada vez que en familia alguien alzaba la voz refiriéndose a Diarbekir, su ciudad natal. Se le congestionaban los ojos y se le entrecortaba la voz. No obstante su abnegación hacia su armenidad, tenía referencias de que en su familia paterna, su abuelo era de origen caldeo y tal vez su madre llevaría sangre siríaca o quizá mongol. Él mismo llevaba un rasgo tirando a chinoide. En realidad las fisionomías no son primordiales ya que los seres humanos no son caballos de carrera que se les valora por su origen y modo de galopar. Gracias que la sangre humana, se habría entremezclado tanto a través del tiempo que su ADN contenía lo bueno y lo malo de todos los mejunjes de razas del Medio Oriente habidos y por haber, y él lo sabía. En otras palabras, salvo raras excepciones, el hombre de hoy no pertenecería a ninguna etnia particular, procedencia u origen. Los armenios como tú y yo… tampoco. Se me hace que lo único que todavía conservamos de nuestra ascendencia milenaria que aún nos caracteriza, más allá del carácter y por ahí el semblante, es la soberbia, la falta de humildad, el de creerse dueño de la sabiduría, de la razón, amén de la verdad absoluta indiscutible.
Aquella observación que me hiciera mi padre, admito que me contuvo durante varios años hasta que llegué a sentir que algo me faltaba para terminar de encajar en mi propia identidad, que deseaba expresar otras clases de sentimientos que me envolvían el corazón. Era lo inesperado: estaba palpitando mis raíces y sin embargo, durante mucho tiempo temí difundirlo a fin de evitar que se me rieran en la cara.
Un día, una mujer que ocasionalmente se enteraba de mi apellido preguntó si era armenio y si hablaba el “haierén”. Le contesté afirmativamente con la cabeza, luego la sorprendí con un “No” categórico. La mujer me miró fijo reprochándome, con que era una vergüenza de mi parte no saber nuestro idioma madre. A esa mujer no la vi nunca más, pero la herida que me dejó, todavía duele. ¿Por qué debía hablar armenio si podía expresar mi armenio en otros idiomas…? Podía haber ocultado mi apellido, trasformarlo en cualquier mercancía comercial y manejarme bajo un apodo como tantos otros, pero no lo hice. Quise comprobarme que aún desconociendo mi idioma materno no dejaba de manifestar mi condición de armenio bajo una envoltura francesa. Pero allí no culminaba mi recorrido, más bien acababa de comenzar cuando ya, mayor de edad, me enteraba accidentalmente de la existencia de Armenia, Libre e Independiente, Claro; no era la misma de mis padres, pero se llamaba igual. Con el tiempo fui enterándome de que no era tampoco la de mis ancestros y que su habla no se asemejaba al que oí decir a mi madre, que a duras penas recuerdo. ¡Entonces Armenia no ha muerto, se ha trasformado en otra! -mascullé. Pero aquí empezó otro dilema… ¿A cuál de ellas pertenecería – me dije-, a la presente o a la desaparecida? Ahora entiendo por qué mi padre llegó a decirme que yo era francés, que Armenia había dejado de existir. Como que él adivinara que yo no me abrazaría de ningún mástil porque ninguna de las dos Armenias me tendría en cuenta y que esa enfermedad pasional lamentablemente no tendría cura.
Transcurrieron los días, se desprendieron las hojas del almanaque y los años treparon sin piedad dejando huellas en mi esqueleto. Mi padre no pudo aportar su grano de arena para remediar esa supuesta e implícita culpabilidad que sin querer nos tocaba de cerca. Ese es el castigo que estoy padeciendo en mi propia carne. Uno es lo que quiere ser, pero aun así, debería haber para mí un amparo, aunque fuese psicológico en alguna parte de mi universo sin fronteras, tener un objetivo para seguir almacenando estrellas fugaces.


18/Diciembre/2009
Rupén Berberian