martes, 19 de enero de 2010

SOMOS TODOS CULPABLES DE NO SABERNOS CULPABLES

Liberarse de los asesinos menores de edad, daría poco que pensar. En un principio sería separarlos de la sociedad, pese a que el hecho afecte el buen honor de los credos y que las asociaciones puritanas eleven su voz al cielo. Encausarlos en la buena senda sería dificultoso, casi imposible, además de costoso una pérdida de tiempo. Separarlos, sería marginarlos en reservaciones como ocurre con los indios a manos de nuestros Honorables Gobernantes de turno. Ellos no manipulan armas de juguetes, no juegan al policía y al ladrón, las usan para conseguir prestigio y dinero fácil, ya que nadie les proporcionaría un trabajo estable, cosa de contenerlos y porque no están preparados culturalmente, mucho menos anímicamente a convivir en sociedad. Cuando matan a una mujer para robarle la cartera, el auto o el celular, con ello atentan inconscientemente a su propia madre. “Total; en las películas televisivas nos educan a matar, caso contrario la vida no tendría atractivo –pensarían”. Ellos actúan por diversión, para generarse autoestima, para experimentar sensaciones adversas a las buenas costumbres y por supuesto, para lucirse y adquirir fama entre sus amistades. Además, como nada les obliga cumplir con tareas comunitarias, no saben qué hacer de su vida.
Aunque no se me crea, proceden plenamente conscientes de sus actos; saben lo que hacen y por qué lo hacen. Desafiar las leyes de la convivencia les fascina, les hace sentir superhombres.
Ahora, una de las posibilidades de evitar ese flagelo sería armar la ciudadanía a fin de que tenga con qué defenderse ya que la policía y los jueces resultan inoperantes. Paralelamente, que el público controle el proceder de los supuestos defensores del orden. O sea: Ser policía de los mismos policías. Todos aquellos que infligen las reglas, denunciarlos abiertamente, detenerlos, atarlos sobre una plataforma en una plaza pública con un cartel que cuelgue de su cuello señalándolos como traidores a la sociedad habiendo cometido tal o cual falta y que todo el mundo recuerde su cara al descubierto, previo encerrarlos a pan y agua por tiempo indeterminado.
Que yo sepa, el deber de los defensores de los derechos humanos es amparar la ciudadanía de cualquier tipo de agresión; no se les paga para proteger a los reos y a los niños asesinos. Porque un menor que jala el gatillo y mata, es un asesino. Se me hace que asimismo deberían condenar a sus padres por no haber sabido educarlo y por supuesto, a quienes les proporcionara el arma.
Si las drogas, según dicen, son las causantes de los desequilibrios de la moralidad, cosa que dudo, habría que ir a las fuentes y desenmascararlas, porque los narcotraficantes al igual que los tratantes de blancas se empeñan en vender su mercancía. Son comerciantes, con la única diferencia que van de la mano con los pesos pesados y en contramano a la sociedad.
A fin de justificar su sueldo, ciertos uniformados desmantelan una de tantas partidas de estupefacientes que por norma, interesadamente dejan escapar. Denuncian haber secuestrado ochocientos cincuenta kilos de extrema pureza por un valor estimativo en euros… según la cotización en las bolsas europeas de los mercados de pulgas. Y de inmediato la prensa se hace eco y caratula la hazaña como un acto de valor y de extremo heroísmo profesional. Nadie menciona los ciento cincuenta kilos faltantes que engrosaron a ocultas las arcas de los guarda espaldas de los pesos pesados. Y la vida sigue su curso como si nada… todo en cadena oficial hasta el próximo aviso.
El culpable para la mayoría más uno, resulta ser el chivo expiatorio, el adolescente criminal que gatillo el arma y se fugó. Mientras que los verdaderos asesinos con corbata, los pesos pesados, se lavan las manos como Pilatos ocultos detrás de los muros de sus suntuosas mansiones, protegidos por toda clase de perros.
La falta de dignidad y la ambición desmedida son las que en realidad engendran la inconsciencia, la mafia organizada y la insensibilidad cuyas metas es el “Bolsillismo Capitalista”.
En todo eso, la sociedad es la única que resulta perjudicada, siendo también la única responsable de culpa y cargo de que pululen los criminales y los ladrones a sus anchas en su ceno. Sobre la marcha, la desconfianza realiza su trabajo de hormiga formando enemigos donde jamás los hubo.
Para resolver ese rompecabezas habría que comenzar medicando la moral de la población, hacerle entender que la sociedad no es una jungla de depravados y forajidos, sino de un inquilinato de aspirantes a convivir en paz, cordura y armonía. Que el deber principal del ser humano es no dañar a nadie y tratar de buscar en el semejante el reflejo de la propia imagen: el eslabón perdido.
La base de cualquier evolución social es procurarle al pueblo un trabajo digno, ampararlo solidariamente y ofrecerle una buena educación. La sensibilidad y la hermandad vendría a colación, pero esa es tarea de los mandamases elegidos por el pueblo: “¡Que Dios y la Patria os juzgue y os demande…!”. Señores…, que por arte de magia engordan su ganado, amasando fortunas a costillas del pueblo, a espaldas de él.
Salgamos de una base: si yo perteneciera a los demás (simbólicamente hablando), los demás me pertenecerían, entonces yo cuidaría de ellos, porque a su vez ellos cuidarían de mí. El día que esa fórmula sea factible, el dinero dejaría de ser la razón de la celebridad. Ese día no habrá más mendigos, asesinos ni ladrones, no habrá niños que mueran de hambre ni dirigentes corruptos.
Si la humanidad pensara en plural, marginando su auto individualismo, tú y yo volveríamos a ser hermanos.


14/Diciembre/2009
Rupén

NUESTRA QUERIDA DIÁSPORA

¿Usted, pensó alguna vez qué destino nos depararía en un futuro cercano la tan querida diáspora armenia? ¿Dónde irán a parar los colegios, en cuántas monedas de plata se rematarían las instituciones?
Nuestra comunidad adormece cómodamente sobre los laureles obtenidos; merecidamente, claro. Creen que con haber aportado su ración de esfuerzo han cumplido con su deber patriotico y, por haber asistido regularmente a los “madagh” se han agraciado con las almas de nuestros difuntos. Que con enviar sus hijos a los colegios de enseñanza armenia es mantener en pie la armenidad en el extranjerismo por los siglos de los siglos, amén. Digo yo… ¿de qué armenidad se habla; de la que está dentro de nuestra pasional fantasía; la de nuestra descarnada ficción?
Trate de meditar mis palabras en su buen sentido: Nuestra verdad como pueblo o comunidad se sostiene sobre tierra movediza; no estamos haciendo más que prolongar nuestra amena agonía, nuestra segura desaparición definitiva. Pudimos haber soñado en un momento dado con que Armenia sería nuestra salvación, pero…cuando los papeles arden, Armenia: nuestra Amada Tierra Ancestral, Madre Patria para algunos; libre e Independiente para otros, olvida que existimos. La misma ha descartado nuestro idioma occidental de su Constitución. Lo menos que hubiésemos pretendido de ella, que acordara con las demás naciones del mundo que le permitan otorgarles a los desterrados armenios, sobrevivientes del genocidio y a sus descendientes un documento identificatorio como armenios, paralelamente a las adquiridas en los países hermanos.
Alguien y de eso hace mucho me había encarado, diciendo: ¿“Con qué derecho te atreves hablar en boca de los armenios?” Hoy, usando la misma frase en un sentido figurado, diría: “¿Con qué derecho, Usted y yo nos consideramos armenios?”.
Se me hace que llegó el momento de ir planeando nuestro regreso a casa, aunque tuviésemos que avivar día tras día la chispa de nuestra armenidad otros cien años en el abrazo fraterno de otros pueblos.
Deberíamos reclamar nuestros derechos de ciudadanos del ex Imperio Otomano, donde miles y miles de nuestros hermanos aguardan reencontrar en nosotros: su eslabón perdido.
Tarde o temprano tendremos que afrontarnos con la verdad implacable. “El día que nuestra diáspora se dé cuenta de su extranjerismo, recién pensará idear un éxodo masivo a los terruños de nuestro ancestros” De ¿cómo lograrlo? Ya no dependería de mí, sino de una voluntad unificada que debería mentalizarse por las generaciones venideras, puesto que toda aparente negatividad contiene una brecha abierta por descubrir. Para extraer oro hay que penetrar la montaña. Salgamos de una base: ninguna conquista es fácil. Nuestra armenidad en el extranjerismo está en peligro y hay que salvarla a cualquier costo; con sagacidad, inteligencia y dinero.
A aquel anciano que plantaba datileras en el desierto le preguntaron por qué lo hacía y él contestó que se había nutrido de los esfuerzos de aquellos que lo antecedieron y que él no hacía más que sembrar futuro. Las ideas son semillas que germinan cuando les llegue la hora, ni un minuto antes ni después.


7/Enero/2010
Rupén

LA DONCELLA ENAMORADA

Con que Obama no esté enterado de la historia del siglo XX, no alteraría la suerte de nuestra armenidad, no modificaría nada, porque la diáspora no está en los cálculos de nadie, mucho menos habiendo evidencias alevosas de un romance de intereses, entre la Primera Potencia Mundial y su pretenciosa Doncella Enamorada.
Personalmente no me preocuparían las conductas de los Amos del Mundo, lo que me inquieta es el futuro de mis hermanos de la diáspora, quienes, pese a tantos años de exilio, les resulta impensado idear un regreso a casa. No nos vamos a engañar; Armenia, esa pequeña parcela de nuestra Madre Tierra, hoy supuestamente Libre e Independiente es tan sólo una Meca para los peregrinos del dólar. Madre Patria, como algunos apasionados la denominan, le cuelga como una camisa holgada. Ella misma ideó su propia jaqueca que no sabe cómo curar, como para que pretendamos de ella adoptar a todos los de raíces armenias, diseminados por el mundo. Una Meca, donde se recrea artificialmente el sentimiento armenio de quienes la visitan, siempre y cuando no opten vivir en ella, no le levanten la alfombra y no descubran sus trapos sucios. Armenia bien o mal tiene echada su suerte, no así la nuestra. Y es allí donde deberíamos hacer hincapié en un posible éxodo masivo en procura de nuestra identidad occidental.
Aunque no se crea, mucha sangre de nuestros ancestros corre por las venas de los turcos y kurdos. La llama de nuestra armenidad no fue extinguida, quedaron cenizas expancidas hasta nunca sobre los terruños de nuestros abuelos. Miles de hermanos aguardan a que hagamos la primera apuesta en el tablero de nuestro destino común, para estrecharse con nosotros en el abrazo del reencuentro.
No sé por qué intuyo que ha llegado el momento de persuadirnos de que lo imposible no existe; al estar unidos, el mismo camino vendría en nuestra búsqueda.
Nosotros somos universalistas, pero el problema irresuelto que nos aqueja hace más de cien años, nos obliga a actuar disfrazados de diferentes carátulas de conservadores.
Un millón y medio de nuestros hermanos fueron masacrados y sin embargo, podría asegurar que en mí, como en muchos de mis hermanos no hay odio hacia nuestros verdugos, y quien afirma lo contrario miente a sí mismo y engaña a los demás. Quienes maniobran en la cuerda floja son aquellos que siguen amarrados a los años veinte y a las supuestas glorias de los tiempos idos.


27/Diciembre/2009
Rupén

SOCIEDAD CAPITALISTA

En uno de mis primeros libros y de eso hace mucho, escribía: “Yo soy ante todos y todos… ante mí” sin saber a ciencia exacta la profundidad del contenido de esas palabras. Hoy no me extrañaría que en ellas estuviesen reflejados, implícitamente la vida y el deber de cada individuo. Lamentablemente, la Sociedad Capitalista posee un solo slogan que forma parte de su doctrina, remarca el egoísmo individual que logra tornarse vicio y, aquello de “Todos ante mí” queda rezagado hasta nuevo aviso. Las guerras, lo sabemos todos, son causante de retrocesos moral e intelectual de cualquier población. Aquello que se perdió, sea durante la adolescencia como durante las guerras, raras veces se recupera. Si yo hubiese tenido un futuro asegurado junto a mis seres queridos, es muy posible que mi vida hubiera tenido otros matices, me hubiera sobrado energía para dedicársela a mis hermanos, habría sido similar a lo que acontece entre las comunidades primitivas “Dónde come uno, comen todos”. Pero la humanidad ha superado con su evolución esas etapas de solidaridad innata. Hoy, para nosotros los progresistas bajo el régimen Capitalista, la limosna tiene precio, la dádiva es un impuesto, la sonrisa es un condicionamiento. Pienso que esa suerte de nuestra actual convivencia, fue ocultamente deseada por los pueblos sometidos. Ellos llegaron a creer que la conformidad no les allanaría el camino a la felicidad. Hoy insólitamente se goza del error de haber incurrido en el error. Todo tiene su motivo de ser, uno debe quemarse para conocer el efecto de una quemadura. Los bichos de luz se lanzan contra los faroles encendidos y recién reconocen su error de apreciación cuando ya es demasiado tarde. La conducta de la humanidad casi siempre equivocó el camino a su sociabilidad; encaro competencias en procura de alimentar su vanidad.
El Capitalismo debería tomarse como una ocasional enseñanza nefasta para no volver a sufrir sus consecuencias en los siglos venideros. Si yo viviera a cargo de los demás y los demás estuviesen a cargo mío, nadie moriría de hambre, la pobreza desaparecería de la faz de la tierra. Tampoco existirían tantas creencias, ni religiosos que cacarean a mandíbula batiente contra el hambre y la pobreza.
En este mundo nuevo, si es que regreso alguna vez, estarán “Todos ante mí” porque mi convivencia afectiva, al igual que la de todos, estarán resueltas. Jesús intentó señalar la posibilidad de un mundo de amor, un mundo en que cada uno formaría parte de su otro yo en el semejante.
Pretender disfrutar más de la cuenta, consumir y acaparar más de la cuenta, es lo que provoca el miedo al mañana. Ahorramos más de la cuenta inducidos por temer a los temores y, sin percatarse incursionamos a ciegas en esa vorágine de querer más y más.
Hallar el equilibrio de las pasiones y conformarse con lo necesario es la filosofía fundamental para una vida natural placentera y sana. No olvidemos que cuidando la vida ajena estamos protegiendo en ella la nuestra.

27/Diciembre/2009
Rupén

CARNE DE CAÑÓN

Cuando el temerario y valiente ejército de Israel atacó la indefensa Franja de Gaza en Palestina, habían asegurado a sus soldados que Jehová, (Dios de los ejércitos victoriosos de Israel), los ampararía y los protegería de todo mal, del mismo modo que lo ha hecho desde que David mató a Goliat y más allá, desde el inicio de la humanidad bíblica del Antiguo Testamento; iban convencidos que matar palestinos era una ofrenda de fidelidad a su Dios y una bendición económica para su patria que abarcaría desde el Nilo al Eufrates. En otras palabras: estaban mentalizados que con sólo trece de sus soldados muertos serían suficientes mártires, sacrificados por la paz de sus hermanos de Israel, trece… que equivaldrían (en valores humanos, cotizados según mentalidad sionista en la bolsa de Tel Aviv) por lo menos, en mil quinientos de los otros, puesto que los otros, no serían más que vulgares fundamentalistas islámicos, además de terroristas retrógradas e incultos que usurpan desde los inicios de los tiempos La Tierra Prometida al pueblo de Israel y acordada generosamente por los hermanos menores del Primer Mundo.
La valiente postura del Estado Judío era limpiar a fondo por aire, tierra y por mar el terreno ocupado, contando desde luego, con el apoyo moral y material bélico incondicional de sus guarda espaldas yanky’s y la simpatía anglosajona de su Majestad. ¡Qué casualidad…! Lo mismo sucedió con los armenios al ser usurpadas sus tierras por los turcos. Salvo que “Ala” de los otomanos, parecía no congeniar con las doctrinas filosóficas del Sagrado Corán de los árabes musulmanes. Cabe imaginar que “Ala” de los turcos sería quien dirigía las masacres, quien comandaba el ejército infrahumano. Era el “Alá” de fabricación casera, quien, luego de planear el exterminio de los armenios, ellos, sus fieles seguidores, no hacían más que obedecer y cumplir ordenes: violando y matando a cuantas mujeres y niños que se les cruzaran. Los hombres, desde luego, no figuraban en la cuenta, ya que habían sido llamados bajo armas y sistemáticamente liquidados. De esa forma, esos energúmenos, creyeron lavarse las manos y la conciencia ante la mirada mundial... Lo cual se nota claramente ya que la población turca no reconoce haber cometido tantos y tantas atrocidades. Prefieren ignorar que hayan asesinado a más de un millón y medio de seres humanos y haber tergiversado las leyes del Sagrado Corán por cuenta suya. Mandamientos como: Respetar a las mujeres y niños. No atentar contra establecimientos religiosos.
Un asesino que tiene suficiente noción de sus actos, generalmente presiente el modo en que está inducido a cometer crímenes, obedeciendo a un dictamen más poderoso que su propia voluntad. Ahora que lo pienso… ¿Tendrán que ver los Dioses en el odio de los hombres?
Si el hombre no recibe un incentivo psicológico de volverse bestia, de soltar su instinto salvaje; jamás incurriría en el error. Contaminar la mente de los jóvenes con que es un honor matar o morir por Jehová, por “Ala” o por el Dios de los cristianos y aún más: por la bandera, es por sí, perpetrar en la juventud un crimen moral, amén de efectuar disimuladamente un comercio ilícito con vidas humanas.
Los soldados de Israel realizaron muchos errores durante su campaña atentando contra la misma humanidad a la que ellos pertenecen, pero los auténticos criminales fueron y son aquellos que les metieron en el cerebro que Jehová los respaldaría, los ampararía, los llenaría de gloria y el cielo los aguardaría, llegado el momento, con los brazos abiertos.
Los soldados turcos no tenían opción ni escapatoria, o mataban a los armenios o eran considerados traidores. Tuvieron que rifar su escasa conciencia y revelarse sin tapujos ni máscaras. Fueron la mano que jaló el gatillo, el instrumento que previamente fue afinado y la ignorancia generacional les facilitó la faena. Ellos también actuaban confiados en que el cielo los iba a gratificar recibiéndolos, llegado el momento, en el Paraíso Celestial.
¿Por qué Israel niega haber cometido las barbaridades que saltan a la vista? ¿Por qué los turcos no reconocen el genocidio que les heredó sus abuelos? La explicación está en que no se sienten culpables, sino ocasionales héroes de las circunstancias. Sus abuelos fueron engañados y erraron, sea por contagio, fanatismo y por una probable multitudinaria alteración mental, agravada por su falta de madurez.
Los pueblos sabios no acometen contra nadie. Los salvajes de todos los tiempos son quienes invaden, someten, aniquilan poblaciones y se establecen en sus casas. No importa su aspecto, su modernismo, cómo visten, viven o cuánto dinero amasan. Un pueblo agresivo es un pueblo que mantiene vigente su salvajismo ancestral. La sensatez, el razonamiento y la lógica se oponen ante cualquier tipo de belicosidad. Matar a alguien no es sinónimo de valentía, ni de arrojo, no es un honor, puesto que degrada al hombre ante su esencia divina.
Si la juventud entendiera que las guerras no son más que negociados, disimuladas farsas internacionales y engaños a costillas de sus vidas, se les abriría la mente. Después de todo: Juventud, no es otro que un fraude de épocas.
Con todo lo que acabo de narrar, daría la impresión que defendiera al asesino, hiciera apología del crimen y lo liberara de culpa y cargo, y no es así: lo estoy culpando de idiota por dejarse influenciar maliciosamente con consignas publicitarias. Además, lo califico de irracional, de inmaduro, de inconsciente, de indigno, de impersonal y de estúpido por atribuirse derechos de quitarle la vida a alguien. Fuese soldado turco, israelí o norteamericano. Quizás no lo sepan entender, no son más que “carne de cañón”, unos tiernos cerdos destinados al matadero, esclavos sometidos a un trapo de colores y unos ilusionados con visualizar a un Noe, deslizándose por las laderas del Ararat, rodeado de animales de su propio zoológico.


17/Julio/2009
Rupén

PERAS AL OLMO

Un dicho criollo, reza: “No se le pide peras al olmo” Ese dicho podría contemplar el error de los armenios de la diáspora que desde añares apuntan con sus esperanzas hacia los Estados Unidos de Norteamérica.
Me gustaría refrescarles la memoria a mis queridos hermanos, remontar la historia junto a ellos y preguntarles quienes fueron amigos de los armenios a lo largo de sus cinco mil años de existencia. ¿Los persas, que no hicieron más que explotarlos? ¿Los mongoles, que no hicieron más que someter a su población y recrear en las laderas del Ararat sus caballos? ¿Los Bizantinos que de alguna manera se creían dueños de los armenios? ¿Los otomanos… y tantos otros de tan buena cuna…? Que yo sepa, pese a ciertos deslices cometidos, Rusia comunista fue la única nación que se jugó por Armenia. Son obvios los intereses que podía haber tenido. No obstante lo rescatable y perdurable son los resultados obtenidos. Lo que quedó en favor de Armenia durante seis décadas fue mayor a varios siglos de reinados y monotonías. Los países europeos fueron los primeros en traicionar a los armenios que todavía creían en Papá Noel. Hoy el Papá Noel del siglo XX1, El Mandamás, flamante Presidente de Norteamérica que había sembrado esperanzas de reconocer abiertamente lo ocurrido contra los armenios en manos de Turquía, a último momento desistió de pronunciarse, traicionando así a miles y miles de armenios norteamericanos. Los intereses son intereses, mientras haya un interés, el honor del mandatario no entra en juego. Turquía mandó refuerzos a Afganistán y eso a los Yankys les pintó el panorama de dulces orientales. Turquía posee bases militares norteamericanas en su suelo para ser usadas en una eventual guerra contra Rusia y esa generosidad y don de gente de los turcos es invalorable para los Marines del Far West y de Kansas City.
Seamos menos ingenuos; ¿Cómo quieren que Obama o lo que fuere, hable a favor de los armenios en presencia de un turco? Máxime, se dirigiría al pueblo desde las escalinatas de la Casa Blanca y sermonearía: “¡Chicos, pórtense bien!, armenios y turcos deben resolver sus conflictos en casa sin la intervención de los Reyes Magos, o de involucrar con imbecilidades caprichosas a la mayor potencia mundial”. Algo similar que fuera difundido por el Papa desde los ventanales del Vaticano…refiriéndose al genocidio de la población de Gaza.
A menos que surja un milagro inesperado y alguien le enrosque la tuerca en el cerebro del Mandamás de turno, nadie se jugaría por Armenia y mucho menos por los armenios de la diáspora. Se aguardaría otros noventa y cinco años más, cacareando a los sordos aquello del genocidio y se reuniría para rememorar el pasado almorzando un “madag” por las almas de los desaparecidos. Otros noventa y cinco años pidiéndole peras al olmo… sin planes, ni objetivos, peleándose entre hermanos porque se tiene razón, matándose entre sí porque los demás dicen tener razón y no la tienen.
Si hasta ahora se han enfrentado los acontecimientos sin tener éxito, debería probarse avanzar operando por los flancos. No podemos, ni debemos dejarnos arrastrar por la desesperación manteniéndonos hasta nunca un pie en la cuerda floja y el otro en el vacío. Cerremos ese capitulo e iniciemos otro completamente distinto hasta que se nos de, pero no bajar la guardia. Debemos correrle al tiempo antes que este nos pase por encima y nos termine de aplastar. Hoy, ahora o nunca… Tenemos que agrupar nuestros pensadores y ponernos a meditar; ir reconociendo nuestros errores pasados y presentes. Nos convendría una “Mea culpa” para que el cielo nos ilumine. Nuestro objetivo sería alcanzado, únicamente si todos juntos fuésemos hacia él. Llámese “Revolución” o como más prefiere. Estamos entre la vida y la desaparición; perdurar como armenios o morir en el anonimato sin haber cumplido con ningún sueño. Nuestra embarcación naufraga porque toda su tripulación posee rango de capitán y cree ser dueño de la razón y de la verdad. Porque cada uno tira para un costado, extravían el rumbo. Muchos son los que quedaron apegados a los años veinte. Son los mismos que permanecieron prendidos de las hazañas de Dicran, de los Tres Mares, de las Doble Coronas, de lo Cuentos de Hadas, de Aní con sus mil iglesias y sus cien mil habitantes y que los armenios fueron los Primeros Cristianos de la Tierra… etc y etc… Despertemos de una vez: somos hijos y nietos de los sobrevivientes de una masacre ocurrida contra la armenidad en Turquía. La amistad entre los pueblos no se da por amor al arte. Si no tenemos nada que ofrecer sería inútil seguir luchando construyendo sueños y castillos en el aire. Sepamos en qué bolsa el mundo nos cotiza y por cuánto… A partir de ahí ir armando el futuro de las generaciones venideras.


Rupén Berberian

VOCACIÓN

Las epopeyas legendarias armenias del pasado, si es que realmente existieron, quedaron atrás. Hoy la situación de nuestra armenidad es muy otra. De fracasos en fracasos se llegó hasta el límite de convertirse en sobrevivientes de una de las mayores masacres de etnias del siglo XX.
Me he preguntado más de una vez si es acaso un orgullo autocalificarse de armenio, habiendo adoptado otras nacionalidades, de creerse armenio sin un solo papel que lo identifique a uno. ¿Es acaso una nacionalidad fantasma la mía? Me resulta un rompecabezas que no cierra… Para el país en que nací soy francés. En mi interior también, no obstante, de pronto rebalsa lo armenio en mí reclamando no sé qué cosa. Me embargan sentimientos como que perteneciera a ambos sectores del mundo al mismo tiempo y me confundo. Salgo de mi encierro en busca de respaldos que mantengan mi espalda erguida, que pudiesen otorgarme alguna sensación de seguridad.
Una vez y de eso hace mucho, me ocurrió pensar que uno, siendo dueño absoluto de su propia voluntad, es lo que en realidad desea ser. Y yo en ese momento tan crucial de mis grandes dilemas no sé sostener la cruz que me legaron mis padres y abuelos sobre mis hombros. Desde que tengo memoria trato desesperadamente de explicarme por qué mi padre sermoneándome, me había dicho que Armenia no existía más, que debía desarrollarme como francés, mientras que el pobre hombre mantenía en reserva su armenidad en algún rincón de sus sentimientos más rezagados que si fuera la joya más preciada del mundo. Se sentía fracasado por no haber podido aportar su grano de arena en defensa de sus raíces. Parecía herirle la simple mención de la palabra “armenio”. Yo lo percibía calladamente, pese a mi poca noción de esa vibración tan extraña, de esa efervescencia que todavía no se había revelado en mí. Me limitaba a contemplarlo en silencio. Prefería no indagar cuando se le nublaban los recuerdos cada vez que en familia alguien alzaba la voz refiriéndose a Diarbekir, su ciudad natal. Se le congestionaban los ojos y se le entrecortaba la voz. No obstante su abnegación hacia su armenidad, tenía referencias de que en su familia paterna, su abuelo era de origen caldeo y tal vez su madre llevaría sangre siríaca o quizá mongol. Él mismo llevaba un rasgo tirando a chinoide. En realidad las fisionomías no son primordiales ya que los seres humanos no son caballos de carrera que se les valora por su origen y modo de galopar. Gracias que la sangre humana, se habría entremezclado tanto a través del tiempo que su ADN contenía lo bueno y lo malo de todos los mejunjes de razas del Medio Oriente habidos y por haber, y él lo sabía. En otras palabras, salvo raras excepciones, el hombre de hoy no pertenecería a ninguna etnia particular, procedencia u origen. Los armenios como tú y yo… tampoco. Se me hace que lo único que todavía conservamos de nuestra ascendencia milenaria que aún nos caracteriza, más allá del carácter y por ahí el semblante, es la soberbia, la falta de humildad, el de creerse dueño de la sabiduría, de la razón, amén de la verdad absoluta indiscutible.
Aquella observación que me hiciera mi padre, admito que me contuvo durante varios años hasta que llegué a sentir que algo me faltaba para terminar de encajar en mi propia identidad, que deseaba expresar otras clases de sentimientos que me envolvían el corazón. Era lo inesperado: estaba palpitando mis raíces y sin embargo, durante mucho tiempo temí difundirlo a fin de evitar que se me rieran en la cara.
Un día, una mujer que ocasionalmente se enteraba de mi apellido preguntó si era armenio y si hablaba el “haierén”. Le contesté afirmativamente con la cabeza, luego la sorprendí con un “No” categórico. La mujer me miró fijo reprochándome, con que era una vergüenza de mi parte no saber nuestro idioma madre. A esa mujer no la vi nunca más, pero la herida que me dejó, todavía duele. ¿Por qué debía hablar armenio si podía expresar mi armenio en otros idiomas…? Podía haber ocultado mi apellido, trasformarlo en cualquier mercancía comercial y manejarme bajo un apodo como tantos otros, pero no lo hice. Quise comprobarme que aún desconociendo mi idioma materno no dejaba de manifestar mi condición de armenio bajo una envoltura francesa. Pero allí no culminaba mi recorrido, más bien acababa de comenzar cuando ya, mayor de edad, me enteraba accidentalmente de la existencia de Armenia, Libre e Independiente, Claro; no era la misma de mis padres, pero se llamaba igual. Con el tiempo fui enterándome de que no era tampoco la de mis ancestros y que su habla no se asemejaba al que oí decir a mi madre, que a duras penas recuerdo. ¡Entonces Armenia no ha muerto, se ha trasformado en otra! -mascullé. Pero aquí empezó otro dilema… ¿A cuál de ellas pertenecería – me dije-, a la presente o a la desaparecida? Ahora entiendo por qué mi padre llegó a decirme que yo era francés, que Armenia había dejado de existir. Como que él adivinara que yo no me abrazaría de ningún mástil porque ninguna de las dos Armenias me tendría en cuenta y que esa enfermedad pasional lamentablemente no tendría cura.
Transcurrieron los días, se desprendieron las hojas del almanaque y los años treparon sin piedad dejando huellas en mi esqueleto. Mi padre no pudo aportar su grano de arena para remediar esa supuesta e implícita culpabilidad que sin querer nos tocaba de cerca. Ese es el castigo que estoy padeciendo en mi propia carne. Uno es lo que quiere ser, pero aun así, debería haber para mí un amparo, aunque fuese psicológico en alguna parte de mi universo sin fronteras, tener un objetivo para seguir almacenando estrellas fugaces.


18/Diciembre/2009
Rupén Berberian

MÁS ALLÁ DE LOS PROTOCOLOS

Se votaba para ocupar el sillón Presidencial y dos hermanos con definidas tendencias políticas opuestas se alistaban a participar en las elecciones y yo, con mi ingenuidad habitual, pregunté al que me inspiraba más confianza sobre el motivo de esa división tan incomprensible para mí, siendo hermanos. Y él me respondió sonriendo casi burlonamente, que entre su hermano y él no existían diferencias; que se trataba de una simple actuación, una parodia de un procedimiento diplomático, que en realidad apuntaban de diferentes maneras contra un mismo objetivo, puesto que cualquiera ganara, consagraría a ambos en el gobierno.
Hoy en Turquía se han presentado dos tendencias políticas opuestas bastante claras, una a favor de la relación con Armenia evidenciando el anhelo de Turquía de incorporarse a la Unión Europea y otra, en clara oposición a cualquier tratado con el vecino país, mientras no esté debidamente acordada la entrega en forma incondicional del enclave de Kazrabaj a Azerbaydjan.
Se me hace que Armenia se encuentra, gracias a los protocolos, en el asiento de los acusados, lugar que debían ocupar los dirigentes de Turquía. Parecería también, que se ha propuesto aceptar cualquier condicionamiento impuesto. Querrá hacer buena letra, supongo, esperanzada en procurar ayuda económica desde Europa; algo así, como darle la espalda a Rusia y lisonjear en inglés, mirando lánguidamente hacia Occidente.
Compararía la actitud de Turquía como la de Armenia con dos niñas que lloran desconsoladamente delante de un kiosco de golosinas, interesadas por impresionar al dueño de los caramelos.
Personalmente desearía fervientemente que a esta altura de los acontecimientos y las dolorosas experiencias adquiridas en esos últimos cien años, que las intencionalidades manifiestas por los jerarcas turcos, no hicieran trastabillar los diplomáticos armenios, porque con sólo remontar el pasado y recordar las bondades humanitarias de quienes condujeron el Imperio Otomano y el don de gente del Sultán Abd el Hamid, el sanguinario, de los genocidas Taleat, Enver y asociados, sería más que suficiente. El león que muestra sus colmillos no sonríe… Se me da por sospechar que entre los protocolos debe haber un gato encerrado... Turquía, jamás ofreció la mano por amor al arte…
Pienso que Armenia debería, debería… repito, reclamarle a Turquía el regreso voluntario y optativo, sin cuestionamiento de los desterrados, tanto del antiguo Reino de Guiliquia (Cilicia) como del territorio milenario armenio, contando con la debida devolución de sus derechos de ciudadanos del ex Imperio Otomano. Que los armenios de la diáspora pudiesen maniobrar libremente y adquirir bienes sobre los terruños de sus ancestros, que el gobierno de Ankara reconstruya dentro de sus dominios las iglesias armenias derruidas, sin olvidarse de colocarles la cruz en sus cúpulas y que ambos pueblos convivan en paz, sujetos a los tribunales de la Naciones Unidas.
Si esta condición no acompañara los protocolos, sería fácil interpretar que Armenia Libre e Independiente se ha olvidado deliberadamente de nosotros. Entonces, lamentaría que una vez más, cayera en la trampa de bobos.
Para la diáspora, significaría noventa y cinco años de esperanzas frustradas, noventa y cinco años nadando contra la corriente, noventa y cinco años… en la Nada.
Después de todo; es más honroso sentirse armenio en Turquía que desconocido, para Armenia.

DOCTRINAS

Esta vez quien asesinó a Hrant Dink no fue el Estado Turco, sino la mentalidad extremista de un sector fanatizado de su población. Fue debido a su urticante intolerancia religiosa y su complejo de inferioridad encuadrado en un mejunje de ideas tradicionalmente retrógradas y “fundamentalistas”.
En los albores del cristianismo los “fundamentalistas” paganos perseguían a los cristianos y los mataban. Más adelante y por turno, los “fundamentalistas” cristianos persiguieron a los paganos y a los “fundamentalistas” islámicos tildándolos de infieles. Los “fundamentalistas” Nazis, que asimismo eran racistas cristianos, se ensañaron con los de religión judía. Y, como la rueda del destino sigue girando, hoy los “fundamentalistas” judíos sionistas bombardean y matan palestinos y libaneses sin importarles si son ateos, cristianos o musulmanes.
Cada religión se disputa el trono del cielo y la eternidad celeste a su manera según su propia fantasía de macho dominante. Precisamente porque el de la vereda de enfrente piensa distinto y procesa una doctrina “fundamentalista” que les resulta competitiva, lo que permite entrever, que el “fundamentalismo” sigue siendo el gran legado de los eternos fariseos, de entre los cuales y bajo diversas carátulas, se engendra el extremismo y el odio racial.
Me han reprochado el haber arrojado en una bolsa común a los turcos buenos como a los malos, acaso disimulando una impotencia personal ante la magnitud del genocidio perpetrado contra nuestras raíces. No obstante ello, no desconozco que hubo muchos turcos piadosos, generosos y de buena cuna, pero… mis abuelos fueron masacrados y con ellos un millón y medio de armenios… Mi pregunta es: ¿Debería inclinarme y agradecer la gentileza de esa buena gente por haber salvado a cien o cien mil armenios y absolver de culpa y cargo a los verdugos porque no todos los turcos fueron asesinos? Mis parientes fueron masacrados por los parientes de esos mismos piadosos. ¡Por favor, ayúdenme a razonar; díganme cómo debería reaccionar!: ¿Perdonar y olvidarme de lo ocurrido, porque hubo turcos buenos…y, porque en Israel hay judíos buenos, los palestinos deberían pasar por alto el crimen de lesa humanidad que día a día cometen los malos judíos sionistas contra su población?
De la familia Mendildjian se salvaron dos criaturas, y eso… gracias a unos vecinos turcos. Chamir, que fuera mi madre y Areck, su hermana, de seis y ocho años de edad respectivamente. …No obstante, la madre de ambas criaturas fue degollada en presencia de las niñas, en Diarbekir…
Claro que hay gente buena y las hubo, pero… no se venera a Abel en el cuento Bíblico; se acusa a Caín por matar a su hermano. Que yo sepa, Judas, el Santo Judas, quien traicionó al Señor se lo nombra más que a los demás discípulos. Como verán: Una conducta sana pierde consistencia ante la tiranía; torna poco meritoria.


Rupén

EL PELIGRO DE UNA RESIGNACIÓN

Quisiera que alguien me explique cual es la intencionalidad de enviar los hijos a los colegios de enseñanza armenia. ¿Será para lavarse la conciencia; hacer perdurar el exilio más allá de los tiempos? ¿Qué relación existe entre las instituciones con el futuro de nuestra armenidad? ¿Será para que el día de mañana la humanidad recuerde que aquí existieron sobrevivientes del genocidio…? Quisiera saber qué significa además, reconocerse como armenio, cuando en realidad de lo nuestro sólo perduran migajas. No entiendo cómo la diáspora permaneció tantos años los sin consolidar un objetivo común, un plan de reintegración a las raíces.
En el pasado y que no quepan dudas, lo mejor de nosotros formó la gloria de los bizantinos, de los persas, de los griegos, de los asirios y por qué no, también de los otomanos y hoy seguimos aportando nuestro talento en bien de otras naciones igualmente hermanas. Me pregunto: ¿cómo sería si lográsemos la aprobación de Turquía de volver con dignidad sobre el pasado, que Turquía se disculpe por las atrocidades cometidas contra nuestros padres y abuelos y franquee sus puertas a la diáspora, que los armenios tengan los mismos derechos que los turcos, considerando que nuestros abuelos fueron ciudadanos del Imperio Otomano.
Hoy urge para Turquía incorporarse a la Unión Europea, pues bien; ese punto estratégico debería ser aprovechado y condicionado no sólo al reconocimiento formal del genocidio, a la devolución de los territorios prestados y, que Turquía ordene a su hermanita Azerbaidyan que acabe de una vez por todas con sus pretensiones y agresión sobre el territorio armenio de Karabaj.
Refiriéndome a Armenia, Libre e Independiente, un país cuya columna dorsal se encuentra quebrada, cuyos habitantes se debaten en la pobreza y en donde pulula la mendicidad abrumadoramente, sus jerarcas despilfarran a la buena de Dios aparatosamente el dinero de la nación en veleidades patrias. Por otro lado, por más que la diáspora se empecine en vagabundear por el mundo y de erigir castillos en el aire, su única solución sería…, recordando aquella frase del poeta árabe: “Cúrame con aquello que fue motivo de mi mal”. Para tal operación hace falta adiestrar cirujanos diplomáticos, visionarios y grandes pensadores. Los armenios deben recuperar sin falta los terruños de sus ancestros, estén en manos de Turquía, en el Paraíso Terrenal o en la memoria de los fallecidos. Somos pájaros de un árbol abatido cuyas raíces se encuentran custodiadas por miles de hermanos.
Quién lucha, no está vencido. La mayor derrota es la resignación.


24/Noviembre/2009
Rupén